domingo, 8 de julio de 2018

Fugas



El libro físico sigue con buena salud debido, en su gran mayoría, a los libros de no ficción. Entre los muchos tipos de obras que se pueden enmarcar dentro de este género encontramos los testimonios o libros de memorias como el libro que me siento en el deber moral de reseñar hoy

Fugas nos da una idea más clara de dónde nos movemos desde que pasamos la primera página. Ese es el título del nuevo libro del intérprete James Rhodes, el talento que nos trajo el grandioso Instrumental y que vuelve a utilizar la lengua escrita para contarnos cómo es sentirse en su piel
Su lenguaje claro, sencillo e informal nos hace sentirnos cerca de nuestro protagonista, siendo un mecanismo literario más complejo de lo que parece a simple vista. La estructura es bastante clara, capítulos desarrollados en tres puntos que vertebran todo el relato. 

En un primer lugar, Rhodes se basa en un autor imprescindible de la música clásica, desde un punto casi biográfico para  transmitirnos el inmenso poder de la música. Ese poder terapéutico, religioso e innegablemente lúdico.  

La música es, para Rhodes (y no le quito parte de razón), todo lo que necesitamos en la vida. Descubrimos que Mozart o Beethoven nunca estarán obsoletos y más de uno se descubrirá añadiendo algunas piezas a sus listas de Spotify a medida que avanzan las páginas.  

El segundo punto tiene que ver con el mundo exterior ya que el autor utiliza el libro como un diario de viaje en el que describe sus experiencias en torno a cada concierto, desgranando algunos aspectos cotidianos de la parte más glamourosa de ser un personaje público.

El tercer eje del relato es la más interesante y su vez la más inaccesible ya que está relacionado con su mundo interior. ¿Cómo piensa James Rhodes después del éxito de Instrumental? ¿Qué siente de verdad? ¿Cómo es el acto creativo?
En este ensayo descubrimos reflexiones muy interesantes que consiguen, sin pretenderlo,  darnos lecciones de vida. El autor de forma valiente sus intimidades al lector, tirando de humildad y autoanálisis. 

No puedo terminar sin destacar la bonita edición de Blackie books, con una cubierta cuidada (como casi todas las que publica) y un formato de buena calidad, aspecto que yo, sinceramente, agradezco. Espero que sigan aspostando por esta serie que tiene potencial para dilatarse en el tiempo y que yo, por lo menos, apreciaría con gusto. 

Este libro os va a tocar, igual que hizo el primero. No podéis dejar pasar la oportunidad de abrir la tapa (en el mejor de los casos) y descubrir su historia. 
 
Como regalo, os dejo una pieza de Chopin interpretado por Rhodes a modo de ejemplo de esa simbiosis que narra en el libro donde vemos reflejado esa fuerza mayor que es la música, abriéndonos los ojos a nuevos mundos, cambiando nuestra vida a mejor con las teclas de su Steinway.



miércoles, 4 de julio de 2018

Paquita Salas (2018). Segunda temporada

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Paquita is back! Nueva temporada y nuevos retos para la agencia de actores más famosa de las series de este país, una oportunidad para reencontrarte con el universo y los personajes creados por Javier Calvo y Javier Ambrossi.
 
Tras la exitosa acogida que tuvo en la plataforma flooxer y catapultada por el ascenso de sus directores al status de "celebrities del momento", tocaba recuperar PS Management para todos los fans deseosos de descubrir cómo sería el futuro de la representante de actores a quien da vida Brays Efe
Esta nueva hornada se estrenó el 29 de junio en Netflix en una batería de seis capítulos que sabe a poco, muy poco, pero que sirve para atestiguar que queda historia para rato y que el público ha respondido con entusiasmo. Así que no cabe duda que en breve se anunciará su renovación en la plataforma.

Es curioso cómo el proyecto consigue ser moderno jugando con sus referencias clásicas al actualizarlas en un marco muy familiar para los españoles. 
Un look que mezcla lo cañí y el glamour. 
Toda una sátira al falso estrellato y al verdadero significado de trabajar en la fábrica de los sueño:un lugar casi grotesco donde tienes que luchar sin cuartel para conseguir el éxito sin dejar de ser quien eres.
Esta idea se refleja a la perfección en el maravilloso capítulo centrado en la actriz Lidia San José en una muestra brutal de honestidad hacia el oficio. Todo un ejemplo.

En mi opinión, el éxito está en sacar rendimiento a los homenajes a la ficción española de los noventa, que, aunque devaluada en la actualidad supuso un punto de inflexión en la historia de este país.
Parecía que ya estaban obsoletos pero se han ganado el corazón de un público joven dado el interés que suscitan sus personajes. ¿Quién iba a reconocer públicamente que echaba de menos a Ana Obregón o Belinda Washington?


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Una campaña de marketing brutal (de esto entiende muy bien Netflix) ha creado una expectación innegable incluso para aquellos que no conocían a la histriónica Paquita o a Los Javis antes de Operación Triunfo. 
Tampoco se puede negar que la interpretación del protagonista Efe en la gala de los Goya o el uso inteligente de los chicos de Stranger Things ha creado en el público una necesidad de Paquita que se ha visto saciada en esta nueva temporada. 

A priori, mi curiosidad se centraba en ver cómo el paso de una plataforma pequeña como flooxer a un gigante del streaming iba a cambiar el ADN de la serie pero tengo que reconocer que ha conservado, a pesar de su innegable incremento de presupuesto, su frescura original
Tampoco ha variado la estructura de la serie, manteniendo el mismo número de capítulos así como su duración. 

Ambrossi y Calvo han manejado la serie con libertad absoluta, haciendo un producto a su manera, tal y como fue engendrado. Me alegro mucho de este hecho y me da esperanza ya que, por lo general, las producciones importantes delimitan la creatividad de guionistas y directores.  

Bravo por Netflix por apostar por este tipo de productos y por la marca España en un sentido más innovador y no sólo en a línea de Las chicas del cable. 
Gracias por meternos de lleno en el universo tan peculiar de la agencia de representación de actores PS Management. 
Brindemos con un Larios por su siguiente temporada. 

lunes, 26 de febrero de 2018

Wonder Wheel (2017) de Woody Allen

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En la tercera colaboración entre Amazon y Woody Allen nos encontramos con Wonder Wheel. Pero, ¿qué quiere decir Wonder Wheel? Para quien no lo sepa, dicho nombre hace referencia a la noria más mítica de Nueva York, situada en Coney Island, un hermosa península con gran impacto turístico debido a sus atracciones de feria. Es en ese mundo donde giran los personajes de Jim Belushi, Juno Temple, Justin Timberlake y Kate Winslet. Una ubicación perfecta en la década de los 50 donde todo reluce de manera diferente a lo esperado. La atracción turística como medio de diversión se convierte en una cárcel para sus protagonistas. No es fácil la vida del feriante y bajo una imagen de falsa felicidad, la realidad imperante es que las personas que se dedican a ello se encuentran atrapadas en una espiral de frustración, con trabajos monótonos, mal pagados y que le consume la vida.


Es verdad que el arranque es zozobrante y que el uso del narrador no es la mejor forma de introducirnos en la historia, ya sea por su propia narrativa dentro del relato o porque el personaje de Timberlake no consigue fascinarnos más allá de la icónica figura del hombre de la época. Aunque esto dura poco, cuando la película se asienta y por fin, descubrimos cual es el sustrato, no podemos evitar sentirnos prendados del triángulo que conforman Ginny, su marido Humpty y Carolina, la hija de este. Las relaciones entre ella son perfectas, humanas, trágicas...


El personaje de Ginny es uno de los más ricos de la cinta y un papel a reivindicar dentro de la temporada cinematográfica. Así como Blue Jasmine le permitió lucirse a Cate Blanchett en este caso, Kate Winslet no desaprovecha su oportunidad. Abordando un papel muy duro con muchas aristas, soportando el peso de la película bajo sus hombros. A pesar de esto, el señor Belushi ha sido la principal sorpresa, hace mucho tiempo que perdió el favor de la taquilla y en este caso, lo que parecía ser un rol de poco peso, ha conseguido ganarse el respeto del público con un personaje en las antípodas de sus roles más recordados. ¡Muy bien Belushi!




Sin desmerecer las interpretaciones, la ambientación, el montaje u otros elementos destacados, en Wonder Wheel por lo que realmente destaca como película es por una maravillosa fotografía del veterano maestro italiano Vittorio Storaro. Es un trabajo muy potente que usa los claroscuros de manera envidiable y planteando una paleta de color que elevan los planos a la excelencia, hay veces que recurre a elementos de postal pero es su sentido más dramatico alza la cinta a una niveles plásticos bellísimos y que encima ayudan a la narrativa. Simplemente E-S-P-E-C-T-A-C-U-L-A-R.


En conclusión, una película más que interesante que muestra la faceta trágida del director de Annie Hall, que tanto le interesa en la actualidad. No llenará las salas pero harán las delicias de sus fans y de quienes disfrutan de un cine que ya no se hace.

lunes, 22 de enero de 2018

El ángel exterminador





Me suelen ofender las adaptaciones de la gran pantalla a las tablas porque son dos formatos radicalmente diferentes que amo y no siempre es fácil que casen con facilidad. 
En las dos direcciones se cometen demasiados errores debido a la fidelidad formal que requieren ambas disciplinas y al ser adaptadas en ambas direcciones, podemos perder las cualidades de un medio por ser fiel al otro. 
Otro de los problemas que tiene habitualmente el teatro es que, ante las dificultades para llenar las salas, se utiliza como reclamo la adaptación fácil de una película conocida. 

Esas son, tristemente, las consecuencias de la industria actual y de un público demasiado deudor de la pantalla.  


En esta ocasión el reto era importante porque hablamos de todo un clásico, una de las películas más influyentes del cine español.  
El ángel exterminador es un ejemplo perfecto del surrealismo de la época con el director de cine español más internacional —con perdón de Pedro Almodóvar— y Blanca Portillo se encarga de dirigirlo a buen puerto. Como ya hiciera en su montaje de Don Juan Tenorio, nos sitúa en un contexto más actual jugando con lo que más le interesaba de la cinta. 
El texto del dramaturgo Fernando Sansegundo convierte el guión original en una nueva historia en la que la burguesía de la época muta en personajes célebres contemporáneos
El escenario del Teatro Español de Carme Portaceli se transforma en una mansión de la calle de la Providencia muy arriesgada a nivel de programación y producción. 


Si bien es verdad que la película del aragonés tenía un claro punto crítico a la burguesía y al ser humano, en la obra de Portillo está más focalizada en temas de actualidad: la dudosa política española, la violencia de género, la adicción a la tecnología, la decadencia de la ciudad...todo tiene cabida dentro del monstruoso palacete donde están encerrado nuestros protagonistas.




Debo reconocer que la puesta en escena tiene elementos muy espectaculares gracias a la originalidad de Roger Orra, sobretodo en los compases finales (prefiero no mencionar más detalles para no estropear la experiencia del espectador). 
Sin embargo,  no es si no un error el mostrar de manera tan explícita el encierro de nuestros protagonistas utilizando un cubo de cristal semicerrado que impide escuchar claramente a los actores dependiendo de su disposición en el mismo. Es un elemento escenográfico buscado conscientemente y, si lo analizamos objetivamente, aporta esa sensación de encierro invisible al ver y escuchar a los protagonistas en una pecera. 
A pesar de que el elemento es impactante, es incómodo tener que esforzarse por escuchar las réplicas de los actores a pesar de su buen trabajo en escena. 
No debemos olvidar, que la mayor parte del tiempo, son catorce actores los que hablan, gritan y se desgarran en las tablas durante más de dos horas, así que el espectador puede acabar agotado con ese sonido tan opaco. 



Otro aspecto que puede jugar en contra de cualquier propuesta escénica es el espacio en el que se representa. El Teatro Español es un espacio que puede imponer a cualquiera pero también está muy limitado por su estructura. No puedo evitar acordarme del gran acierto de la elección del CND para el montaje de La Cocina de Peris-Mencheta. 
En El ángel exterminador, el espacio es vital no sólo por lo que pasa en el escenario sino fuera de él ya que el patio de butacas pasa a ser un elemento indispensable de la historia para darnos un punto de vista nuevo pero muy incómodo para el público (espectadores que se levantan y se sientan constantemente y entradas y salidas de personajes que restan visibilidad). 

A pesar de todo esto, la obra está sublimemente dirigida, con un trabajo de actores impecable donde ninguno destaca por encima del resto porque aquí juega el factor de la masa sobre el individuo. 
La escenografía y el vestuario están bien cuidados, constituyendo una puesta en escena espectacular que me demuestra que en España se pueden hacer montajes que no tienen nada que envidiar a otros escenarios internacionales. 

En conclusión, a pesar de que la propuesta en términos generales es imperfecta, es terriblemente bella y actual y ha conseguido que, tal y como he confesado previamente, deje de lado mi reticencias hacia las adaptaciones de este tipo y me haya lanzado de cabeza al estreno.