El subtítulo de la obra, Dirigido a la generación perdida entre Disney y el poliamor, deja ya bastante clara la intensidad y la potencia del discurso de Nagore, planteado desde un punto de vista tan saturado que no puedes dejar de reír por lo exagerado y, a la vez, real que resulta.
Funciona especialmente bien el hecho de que el público forme parte de la dramaturgia y de la puesta en escena, ya que hay constantes referencias al mismo. La ponente, micrófono en mano, realiza entrevistas, votaciones e incluso algún baile, lo que refuerza el carácter inmersivo de la propuesta. De ahí que el espectador llegue a sentirse parte de la obra, como si también hubiera pagado por escuchar a Nagore explicar su tesis: el porqué de que, desde pequeños, se nos inculque la idea de que es imprescindible tener pareja, como si fuera una obligación vital. Esa “media naranja”, que en boca de la protagonista se convierte en una fruta podrida, simboliza una imposición que se nos introduce casi a la fuerza desde la infancia.
Se trata de una creación original de Nagore Germes —mismo nombre que el personaje—, bajo la dirección de Raquel Alonso, que construyen un relato marcadamente feminista. La obra expone cómo, generación tras generación, se nos ha educado en una necesidad afectiva casi obligatoria, hasta el punto de que, si no se alcanza el ideal de pareja o matrimonio, parece que uno queda relegado a una cierta marginalidad social. Se persigue así un ideal inexistente, propio de novelas románticas o del cine de Hollywood, convirtiendo esa aspiración en algo platónico e inalcanzable y, por tanto, en una fuente constante de frustración.
Todas y cada una de las reflexiones de la protagonista calan en el público, mientras se observa a Nagore atravesar múltiples estados emocionales. Gran parte del peso escénico recae en la interpretación, que destaca por su valentía y entrega: la actriz no se amedrenta ante la exposición en escena, crece en cada momento y juega con una mezcla de realidad y ficción muy efectiva. Ríe, llora, canta y baila, haciendo de todo alrededor de una escenografía minimalista que, junto con el trabajo de luces, funciona a la perfección gracias a una acertada combinación de elementos visuales y selección musical.
La propuesta funciona como una auténtica terapia de choque y, tras alguna que otra sorpresa al final de la función, su efecto se prolonga más allá del teatro, acompañando al espectador en un mundo en el que Disney nos ha hecho creer en una idea idealizada del amor.

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