Me declaro un ferviente admirador de Ingmar Bergman. Es un artista único que explora el alma humana con unos personajes dotados de una poética especial, y su influencia en directores que me obsesionan está ahí, llamándome como las abejas a la miel. Además, es un animal bicéfalo, con una vertiente cinematográfica y otra teatral, donde su personalidad se adapta al medio con el mismo virtuoso talento.
En la versión de Ernesto Caballero para el Teatro Español, “Tras el ensayo” muta de telefilm de una hora de duración a un espectáculo de formato medio en la sala Margarita Xirgu, con una cercanía al espectador que le sienta muy bien a la obra de Bergman, generando una simbiosis perfecta entre el público y los intérpretes. Una adaptación que tiene sentido, ya que tanto en cine como en teatro el maestro sueco hacía gala de priorizar unos pocos espacios metafóricos con un reparto muy reducido.
En este caso, Henrik Vogler es un director de cine y teatro que se encuentra en su madurez creativa o quizá en una crisis artística. Tras una dilatada carrera repleta de éxitos, llega a un punto en el que se siente insatisfecho; y para un artista, su carrera es más importante que su vida. Interpretado magníficamente por Emilio Tomé, Henrik empieza a reflexionar sobre su vida y su obra en un viaje metateatral donde se configura un triángulo cuyas otras dos aristas son Anna (Elisa Hipólito) y Rachel (Lucía Quintana).
Anna fue su fantasmagórica amante, una actriz de éxito venida a menos que acabó suicidándose por sus problemas con el alcohol; y Rachel es su hija, una bella aspirante a actriz con muchos conflictos por resolver debido a su madre ausente y a la falta de autoridad paterna. El relato es tan ambiguo que da pie a explorar múltiples vertientes: incluso madre e hija pueden ser el mismo personaje.
Eso sí, las preguntas que plantea son muy estimulantes porque invitan a la reflexión, aunque lo cierto es que no ofrece respuestas, ya que no estamos ante un relato con una estructura convencional. Las escenas se suceden mientras se alteran el espacio y el tiempo, sin concesiones al espectador.
La escenografía y la iluminación corren a cargo de Víctor Longás, quien juega con lo concreto y lo abstracto, creando un tamiz donde la sala de ensayo puede llevarnos más lejos, no solo en el espacio, sino también dentro de la mente de los personajes y, en este caso concreto, en la figura del director Henrik Vogler.
Hay momentos más expresivos a nivel técnico que no funcionan tan bien como el uso de la austeridad; pero, en términos generales, Ernesto Caballero ha montado la adaptación de Bergman que más me ha hecho disfrutar (y he visto unas cuantas).
Todos estos pensamientos sobre el acto creativo, el proceso de dar vida a una historia y la relación entre el director y sus intérpretes —llena de diálogos densos, existenciales y poéticos— dotan a la obra de una gran carga artística. Un hecho que parece pura alquimia y, por eso, resulta muy interesante ver cómo directores de la talla de Bergman elaboran sus tesis sobre ello.


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