Para un cinéfilo, asistir a una obra de teatro siempre depara una sorpresa. El teatro, por naturaleza, no dispone de los múltiples recursos técnicos sobre los que se puede estructurar una película, y, por tanto, para generar su complejidad, juega con elementos inherentes a la puesta en escena. En el teatro también puede haber música, elipsis o cambios de iluminación o de decorado, pero todo ello queda integrado en su puesta en escena, se hace visible (o audible) para el espectador. Estas constataciones son obvias, pero en el caso de la obra que ahora se reseña, no está de más recordarlas para justificar el que una obra de teatro, como esta, pueda distanciarse tanto de una película, ya no solo por sus recursos técnicos, sino por sus propias reglas narrativas.
Esto se advierte desde el comienzo de ¡Silencio, se piensa!, en que los dos únicos actores son presentados primero con sus sombras, detrás de una pantalla, y luego de espaldas, contraviniendo la ortodoxia cinematográfica por la que los personajes principales deben introducirse de una manera más directa. A continuación, por ambos personajes aprendemos que ha fallecido su maestro, que llaman “el viejo” y que dirigía sus representaciones, pues ambos son actores de teatro dentro de la propia obra, lo que la dota de una dimensión metalingüística. Ahora se hallan abandonados a su suerte, obligados a adaptarse a un nuevo escenario para seguir ganándose la vida, escenario que es el imaginario del mundo actual que deben afrontar, pero también el de la propia sala de teatro con su público, como si hubieran aparecido por fin en ella tras salir de la caverna de Platón.
A partir de ahí, al margen de los recursos habituales en el teatro, usando los focos, la máquina de humo o la reconfiguración del atrezo, la narración se enriquece a base de la redundancia del texto, lo que en definitiva es la gran sorpresa de esta obra, pues ello no solo la distancia de una película, sino de la mayoría de las obras de teatro de tendencia comercial. En efecto, estas se suelen caracterizar por el intercambio de un diálogo ágil, elaborado y preciso, para proporcionar mucha información y enganchar al espectador, compensando lo que pueda faltar en la imagen. Sin embargo, en ¡Silencio, se piensa!, el ritmo y el contenido de los diálogos es mucho menor, y, sobre todo, estos se basan en la repetición, ante las dudas constantes de uno de los personajes y la insistencia aleccionadora del otro. Al principio cuesta entrar en esta dinámica algo histriónica, pero va funcionando cada vez mejor a medida que progresa, gracias también al buen hacer de los intérpretes, adquiriendo más gracia y patetismo.
Estamos, entiéndase, ante una tragicomedia, pues a los toques de humor se sobrepone una especie de drama existencialista que, en su contraposición a las convenciones modernas, nos retrotrae a la tragedia clásica. La anterior cita de Platón no ha sido gratuita, pues hay mucho aquí de la dramaturgia de su época, cuna de todo el teatro, desde el diseño de los personajes hasta el modo en que expresan sus turbaciones. En suma, ¡Silencio, se piensa! es una obra sencilla, casi minimalista, pero también profunda, pues al ser tan actual y a la vez nadar tan a contracorriente desde el clasicismo, construye una auténtica paradoja vital, aquella que busca un sentido frente a la negación de la realidad.
Ignacio Navarro



Excelente obra, para no perderse la, bien por la critica
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